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El vagabundo malvado
No todos los pordioseros tienen el comportamiento de éste. Pero esta historia es una de tantas que suceden y no nos enteramos...
El sol escarbaba entre las nubes para esconderse por fin en el horizonte.
En la casa de Camila la mamá se disponía a hacer la cena, pero no tenía todos los elementos necesarios.
-Camila, hijita, hazme un favor....
-si mami
-vete a lo de Don Juan y traeme este pedido....es para la cena....
-si mami, enseguida...
Camila estaba a punto de cumplir sus XX años y era una chiquilla normal para su edad. Físicamente era una pequeña adolescente a punto de abrirse a mujer. Sus tetitas eran muy pequeñitas y apenas depuntaban sus pezones, y el resto de su cuerpo era todavía muy menudito.
A la vuelta de sus compras, siente un fuerte tirón de su brazo que la hace girar sobre sí y se encuentra de repente frente a aquél rostro feo, descuidado y malicioso de un hombre, que por su traza, lo presentía como un vagabundo.
El miedo paralizó a Camila y no atinó siquiera a gritar. El vagabundo quiso hacerse de la bolsa pero Camila, dentro de su miedo, no la soltaba. El tiraba más y cada vez más fuerte, pero ella la tomaba cada vez con más fuerza. Entonces este sucio hombre le tomó del brazo y le dijo
-suéltala
ella no respondía. El miedo la embargaba.
-¡suéltala, te digo!
pero Camila estaba paralizada.
La calle estaba sola, sólo el murmullo del viento hacía de extraña compañía. El vagabundo entró a arrastrar a la niña hacia otra calle y desde allí la tomó fuertemente del brazo y le dijo
-si gritas, te cortaré el cuello....
ésto no hizo que amedrentar más a la chiquilla.
Caminaron algunas calles sin que nadie se percatara de lo que sucedía. De repente las luces se hicieron cada vez más tenues y lejanas y Camila vió cómo ingresaban a una vieja estación ferroviaria. Subieron a un vagón herrumbroso que hacía de guarida de este hombre, y desalmadamente, la empujó contra un costado.
Camila sollozaba desconsolada. El hizo suyo el bolso de las compras y se sentó a comer lo que había comprado la niña.
La escena no cambiaba. La noche se había hecho dueña del entorno. Camila estaba tan asustada que se sentía desorientada. Allí se encontraba ella, sentada en un rincón sin saber como resolver este problema.
Pensaba en lo preocupada que estaría su mamá y eso le hacía sentir más pena y dolor.
De repente, el hombre se levantó de su improvisado comedor y se dirigió hacia ella, se puso de cuclillas frenta a la niña y le preguntó con sorna:
-¿cómo te llamas?
Camila no podía contestar....
-Eres muy bonita, mi niña...
Se hizo un silencio aterrador, se cortaba el ambiente con un cuchillo. El miedo iba en aumento y Camila sentía muchas ganas de orinar, casi que no contenía.
El hombre le tocó el pelo con su mano y la vejiga de la niña cedió. El miedo ya era pánico. El futuro, incierto. El llanto no tardó en escucharse. Camila se sentía a merced de este individuo y sin fuerzas para hacerle frente.
-veo que eres una niña sanita, muy mimada....¿eres feliz?
nada salía de los labios de Camila
-mira, ya estoy cansado de ver cómo la gente es feliz y yo no. Y hoy quiero ser feliz....
Y dicho esto la levantó de su rincón y la arrastró hasta la otra punta del vagón donde había una cama improvisada hecha de trapos y paja. Sobre ésta la empujó. El hombre desabrochó el botón del pantaloncito de media pierna que llevaba Camila sin que ella se resistiera, y se lo sacó de un tirón.
Ahí reaccionó Camila y con sus manos intentó que el hombre no le sacara el resto de las prendas, pero no tenía fuerzas, ni chances.
En un segundo, ya estaba desnuda de la cintura para abajo, y seguido, le quitó la remerita. El llanto se adueñó del lugar como adivinando lo que iba a suceder.
Primero el hombre le tocó toda su almejita, con suavidad y deseo. Y luego posó sus labios sobre uno de sus pezones. Luego bajó y le pasó la lengua por todo su pubis y conchita.
-ahhhhhh -jadeaba el hombre-
Camila casi no respiraba, aunque estaba agitada. Sintió que el hombre hizo algunos movimientos con su ropa y con sus manos le separó las piernas y se acostó sobre ella.
Aunque Camila sabía lo que iba a suceder, no se imaginaba que lo estaba viviendo, porque lo veía como una realidad que ocurriría dentro de muchos años y con la persona amada, no así.
Sintió que algo caliente le entraba entre las piernas. El hombre empujaba con fuerza y sin piedad sobre el sexo de Camila. Un grito en el silencio fue testigo del desvirgue de la niña. El siguió y siguió hasta acabar dentro de ella.
El se levantó, se limpió y luego limpió a la niña que se sentía desfallecer. Le dió un poco de agua y le mojó la cara.
Camila quería salir de allí, y trató de ponerse de pié. Pero el hombre la tomó del brazo y nuevamente la llevó hacia su cama y se acostó junto a ella.
-hoy dormirás conmigo...-le dijo él- serás como mi esposa....ja ja ja ja...
Sólo un pequeño haz de una lejana luz entraba por una de las rendijas del viejo vagón. Cada segundo era eterno y Camila no podía pegar un ojo. Demasiadas cosas para una sola noche.
El hombre no dejaba de tocarla y besarla. Hasta que de repente, nuevamente le abrió las piernas y volvió a penetrarla. Pero esta vez, y después de acabar dentro de la vagina de la niña, el hombre se quedó allí, dejando ese fierro caliente dentro del cuerpecito de Camila por un rato largo, y de vez en cuando se movía nuevamente haciéndole doler. Cuando salió de encima suyo, y con un pedazo de cuerda, le ató las manos entre sí y a éstas con la estructura del vagón.
-no te irás esta noche...te dejaré ir mañana....ahora duerme.
El sol por fin hizo su aparición. Camila no había podido dormir nada como era obvio. Además, las ataduras la molestaban.
El hombre se levantó, se paró a la orilla del vagón y a través de la puerta apenas abierta, sacó su pene y orinó. Se volvió a donde estaba la niña y le preguntó
-¿quieres verlo?....mira....mira...
y diciendo esto le puso el pene casi en la cara. Entonces tomó a la niña del cuello y la obligó a que se lo metiera en su boca.
Camila lloraba pero no podía oponer resistencia. Ya el pene se había puesto duro y con cada enculada golpeaba la garganta de la niña produciéndole algunas arcadas del asco. Como Camila seguía desnuda, el hombre sólo tuvo que empujarla hacia atrás para abrirle las piernas y volver a someterla. Pero esta vez fue diferente. Sólo la penetró y empezó el meta y saca pero en vez de acabar dentro de ella, la sacó y la ensució desde su pubis hasta su barriguita, y con la misma verga le desparramó el semen por todo su cuerpito.
Ya se hacía el mediodía y el sol calentaba robando aire fresco al interior de ese lugar de horror. Entonces el hombre le dijo a la niña
-te dejaré ir, pero yo me iré antes y nunca más me verás...
y dicho ésto le soltó de sus amarras y cuando le dio la ropita para que se vistiera le dijo
-espera, antes te voy a limpiar un poco...
tomó un trapo bastante sucio y se lo pasó por todo su cuerpo, sobretodo por su sexo, lo que calentó nuevamente al hombre que se bajó los pantalones y se sentó tomando a Camila de los brazos y sentándola sobre él. Le acomodó la verga en la entrada de su vagina y la penetró de esa manera, acabando dentro de la maltratada niña.
Sólo los jadeos, los gritos de dolor y el ruido de los bártulos del hombre eran testigos de este desgraciado momento.
Finalmente Camila se vistió y ambos se fueron. Cada uno para su lado.
Camila llegó a su casa, con su mamá, y ya nos imaginamos la escena de lo que allí se vivió.
Ante la denuncia por la desaparición de Camila, la ley estaba alerta y buscando en todos los escondites posibles. Cuando recorrían la vieja estación, vieron correr a la niña para su casa e intuyeron que el bandido estaría escapando en sentido contrario. El hombre fue rodeado por la policía a dos calles del vagón, y al desobedecer la voz de alto, fue acribillado.
Al final, la justicia llegó, lástima que un poco tarde...
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